“Un pequeño golpe seco fue el claro indicador de que el barco había llegado a puerto. Segundos después, lo que tarda en amarrarse una embarcación, pensó Marcus, sonó una campanilla.

- ¡Hemos llegado al destino, todos abajo! - La voz del capitán sonó por todo el barco.

Ansiando tocar tierra, Marcus cogió su jergón y subió a cubierta. Dio unas gracias apresuradas al capitán y salió corriendo por la pequeña cuesta que subía desde el puerto hasta la parte civilizada del peñón.A media subida se percató de que iba demasiado ligero… Nicetas le había dicho que su equipaje había sido entregado al capitán, un equipaje en principio mayor que el simple jergón que llevaba encima. Se dió la vuelta y bajó la cuesta que momentos antes había subido corriendo. El capitán le esperaba en el muelle con los brazos cruzados.

- Erm… - Marcus esbozó una sonrisa inocente - Creo que se me ha olvidado el equipaje, ¿no es así?

- No es así - Negó el capitán con la cabeza - Todo equipaje o bulto que llega a Cénit es enviado directamente a la propiedad del aduanero, Iyakhtu Ysvel, quien lo revisa y lo devuelve a sus dueños, en caso de que no haya irregularidad alguna. Con mostrarle el billete será suficiente.

- Bien, gracias entonces

Marcus se dio la vuelta dispuesto a visitar al aduanero, pero un carraspeo por parte del capitán le hizo volverse de nuevo.

- ¿No se te olvida algo, joven Marcus? - El capitán sacó un pequeño libro y una bolsa de cuero de proporciones considerables de su bolsillo - Nicetas me dijo que se te olvidaría algo sin falta; da gracias que me acordé de revisar tu camarote.

Con su objeto de escritura y su seguro de viaje encima, Marcus emprendió su camino definitivo hacia la cima, pero esta vez más despacio y haciendo un alto en un pequeño plano de la subida, desde donde pudo admirar las grandes vistas que ofrecía la mañana. Corroboró su idea de un puesto de vigilancia al ver a una persona apostada en el peñón algo apartado, y al pasar se fijó en la taberna que ocupaba gran parte del piso intermedio del acantilado. Pidió algo de comer a la camarera, para el viaje, y siguió ascendiendo hasta la parte superior, el pequeño pueblo de Cénit. Pescadores y vendedores ambulantes, según advirtió su vista, formaban el grueso de la población de Cénit. Tras preguntar a un par de paisanos, al fin dio con el aduanero, un hombre con un vestir un tanto extravagante.

- Salud, soy Marcus Forester; creo que usted tiene mi equipaje.

- Hmm veamos…Ahá aquí está, Marcus Forester… ¡Queda usted detenido por contrabando de pergaminos!

-…¡ Pe…Pero como! No sabía que estuviera prohibido transportar pergaminos

- Y no lo está, ¡era solo una broma amigo! - El aduanero esbozó una sonrisa - Todo está perfecto en su equipaje, acompáñeme y se lo daré. Y ya sabe, ante todo, si alguien le pone mala cara, o solo para saludar, diga… ¡BUEN CLIMA!

Los trámites fueron bastante rápidos, y al par de minutos, Marcus ya estaba caminando con un gran macuto a sus espaldas. Por suerte, no debía contener más que pergaminos, algún que otro libro, y unas cuantas mudas. Según le habían dicho, tras pasar una entrada bajo las rocas se encontraría ante un cruce, un camino le dirigiría hacia Menelya, y otro hacia un pequeño asentamiento, dirigido por un elfo con bastante historia a sus espaldas. Acababa de amanecer, y realmente, pese a la tormenta, el trayecto en barco habia sido bastante rápido, asi que ¿porque no visitar Verwind?”

Un pequeño pueblo excavado en la roca de un acantilado. Esa es la primera impresión que a cualquier viajante se le aparece al ver esta villa de pescadores en el horizonte, y la impresión no falla. Tranquilo y apacible, Cénit es el primer lugar civilizado que cualquiera que viaje al sur encontrará. Con un puerto bastante humilde pero que desempeña su tarea a la perfección, teniendo un vigía en un peñon de gran altura, sorprenden sus bellas vistas tras unos metros de subida por una cuesta excavada en la pared del acantilado. Además, en este primer sustrato, podemos encontrar una pequeña taberna, “La dulce pleamar”, donde sentarnos a tomar o comer algo, disfrutando de la brisa que acaricia nuestra cara.

El pueblo en sí no tiene nada de especial, su riqueza se sustenta sobretodo en la pesca y en la venta ambulante de objetos útiles para cualquier aventurero, así como en el puerto y en la ya citada taberna. Pero se hace necesario, sin duda, citar la existencia de un sistema de aduanas, que revisa los equipajes de todo aquel que pase por este pequeño pueblo.

Como entrada al continente que es, sus habitantes han experimentado el paso de gran número de viajeros y se han acostumbrado a ello, siendo, incluso, amable con cualquier aventurero que necesite alguna indicación.

Recomendación personal: Sentarse a disfrutar de las vistas maravillosas que este pequeño villorrio ofrece.

Sin más se despide:

Marcus Forester, cronista de Adertha.
Que la luz de Marië os guíe.