“El golpe contra la recia madera hizo que le retumbara todo el cuerpo. A tientas, ayudado de la cama, logró ponerse en pie en el vaivén en que se había convertido la habitación. Con cuidado, una vez acostumbrado al ondular rítmico de la embarcación, buscó la lampara de aceite colgada del techo y la encendió. Parecía que el barco estuviese siendo bamboleado por un gigante, así que, asustado, Marcus corrió hacia cubierta.
La noche le dio la bienvenida con un relámpago que alumbró la escena: El mar revuelto balanceaba casi a su merced la embarcación, y unas negras nubes escupían su lluvia de manera furiosa, mientras los marineros iban de acá para allá intentando controlar el barco. Entonces, una ola golpeó con furia la proa, y el agua arrastró a Marcus al suelo de la cubierta. Resbaló por el, entre gritos y más vaivenes, hasta que logró agarrarse al mástil mayor. Cerró los ojos y se asió con todas sus fuerzas, mientras el inmisericorde agua le golpeaba una y otra vez la cara. Le pareció una eternidad el tiempo que su cuerpo, empapado hasta los huesos, estuvo amarrado al mástil, pero, poco a poco, los vaivenes disminuyeron, y los gritos y el movimiento de los marineros se fue apagando.
Marcus sintió el sol a través de sus párpados, y abrió los ojos. La tormenta había arreciado, y a lo lejos alcanzó a ver tierra, una pared de rocacon una pequeña playa en su parte inferior, así como una especie de roca de vigía.
-¡Ahí está Cénit, capitán! - Oyó gritar a un marino - Con este viento de cara estaremos en un par de horas.
Alegre en su seno interno por no haber caído al agua, pues Nicetas nunca le enseñó a nadar, Marcus volvió al camarote, a prepararse para el inminente desembarco.”